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"El mago Carabelo", per Antón Miralles

"El mago Carabelo", per Antón Miralles Pixabay

Creo que para la mejor comprensión del lector puede ser importante situar la acción y a los protagonistas de la misma en su correcta ubicación. Ceuta. Plaza africana en el Norte de Marruecos de soberanía española. Puerto franco. Con una importante guarnición del ejército español.

El cuartel en el que yo estaba tenía varias compañías. Una de ellas, la primera de zapadores de asalto, incluía a soldados "castigados" por haber sido fichados policialmente o por haber pasado por la cárcel antes del servicio militar. Una compañía de castigo, para hablar con propiedad.
 
En caso de conflicto armado, de guerra, la que ocupa el primer lugar en el campo de batalla, ya que deben preparar el terreno tanto defensivamente como ofensivamente, despejarlo. En otra compañía se agrupaban los soldados que prestaban servicios auxiliares, como podían ser los encargados de la radio y las transmisiones y por último, el enfermero, que es quien está escribiendo esto. Osea, yo. Uno de los que se tenía que comer el puesto más arriesgado después de los zapadores de asalto: el que tenía que asistir a los primeros heridos de la batalla.
 
Y aquí me tienen en un destacamento a cien metros en línea recta de la frontera marroquí, con unas cuantas vaguadas de por medio, cuidando de veintitantos ex-delincuentes  (dicho sea de paso, la mejor gente que encontré en el ejército), con los que tenía la seguridad de que no se iban a arrugar viniera lo que viniera.Por ese aspecto, ni una queja. Si llegaba la batalla, los últimos en dar un paso atrás probablemente fueran mis delincuentes y amigos.
En un viejo barracón del destacamento teníamos un bar con una pequeña cocina (y muchas ratas de buen tamaño) donde solíamos desayunar, comer y cenar a diario. Se usaba como comedor y a veces como bar a deshoras.
 
Una mañana se encontraban conversando un cabo rojo (un cabo común, sin mando) y un canario, en la barra del bar y tres más de nosotros participábamos de la conversación, sentados  a dos metros  del cabo y del canario. La discusión versaba  sobre la habilidad de los carteristas para sustraer billeteras de los bolsillos ajenos. El cabo, un "enterao" (listillo", para entendernos) porfiaba con el canario diciendo que él concretamente llevaba siempre bien guardada la cartera.
 
El canario le explicó que él conocía a muchos y que les había visto actuar, y sabía de qué eran capaces sus "conocidos". Se lo explicaba con su deje cansino, intentando hacerle ver  que  sabía de qué iba la cosa. El cabo, erre que erre, que no. Que a él no le levantaba la cartera ni su padre.
 
El canario decidió zanjar la discusión de una vez por todas.
 
- Yo te quito la cartera cuando yo quiera. -afirmó, rotundo.
- No te lo crees ni tú.- contestó el cabo.
- Te lo voy a demostrar ahora, delante de éstos (nosotros)- dijo señalándonos.
- Lo tienes claro.- el cabo en sus trece.
- Me dejas verla para que la vean éstos antes de que te la quite?
 
La cara del cabo  palidecía a medida que rebuscaba en sus bolsillos y no encontraba su cartera.
 
- ¿Es esta?  dijo el canario, entregándosela en mano.
- Eres un hjo de...
 
Ahí intervinimos nosotros   explicándole que el canario llevaba más de un cuarto de hora  dándole toda clase  de explicaciones y él no había prestado atención a ninguna.En su soberbia. Una lección gratuíta de parte de un mago con dedos mágicos.
 
- Mira, chaval, yo soy "El Carabelo", y  "trabajo" en la estación marítima de Las Palmas.  Aquí, a vosotros, mis compañeros y amigos, nunca
os he quitado ni una peseta  (era cierto), pero fuera del destacamento yo no conozco ni a mi padre...
 
He repetido la escena muchísimas veces en mi vida y no doy crédito a cómo pudo levantarle la cartera sin enterarse ni él ni nosotros.
 
Jamás nos faltó nada a ninguno. 
 
Aparte de chorizo era un  buen tipo, el Carabelo.

Antón Miralles

Bilbao, 1954. Resultó ileso tras pasar más de diez años en un colegio de jesuitas, la mili obligatoria en el moro, un par de decenas de años en la banca y otro Antondecenio en varias profesiones honestas. Deportista voluntarioso, lector empedernido, viajero entusiasta, melómano -rock setentero principalmente- y ateo gracais a Dios. Dni a parte, el único carnet que ha llevado alguna vez ha sido el de socio del Athletic Club de Bilbao. Integrante de los tristemente célebres "cinco millones", ha comenzado a escribir para labrarse un futuro próspero y recolectarse algo de "fondos" para la vejez, que está a la vuelta de estas páginas. Su único propósito es entretener, dice. Las obras maestras ya las han escrito otros.

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