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"Era el 8 de febrero del 39. Los rojos en Francia", per Just Román Soriano

El biarut Juan Valdés Mataix El biarut Juan Valdés Mataix

Acabábamos de dar la espalda a nuestra madre patria… Decepcionados, fatigados o heridos, con el corazón magullado; habíamos pasado la frontera en Le Perthouse, adiós España, las lágrimas en los ojos, puede ser hasta pronto, o hasta nunca. y entre gendarmes y senegaleses nos deslizamos, marchando a pie lentamente. Hasta Argeles sur Mer, donde nos dejamos alegremente encerrar en un avispero, en un infierno inimaginable, al borde del mar, en un antiguo campo de concentración militar que ya había sido utilizado para reunir a los “Rusos blancos”. Fuimos amontonados, lentamente, más de 100.000 personas. Era toda la infraestructura que se convertiría en el más grande campo de concentración de refugiados españoles, de triste memoria. No contaba nada más que con tres barracas de madera que estaban concebidas para albergar 80 ó 100 personas cada una pero se metieron 600 en las tres barracas. Ellas fueron reservadas para los heridos, entre los cuales estaba yo, instalándome en la nº 3.

Durante casi una semana nos arreglamos solos como pudimos. No nos dieron comida, ni agua potable y ninguna asistencia de higiene. Cuando al cabo de algunos días llegaron camiones militares cargados de pan, aquello fue el mayor desorden que se puede imaginar, miles de gentes famélicas se lanzaron al asalto de los camiones, montándose unos sobre otros, empujándose, peleándose ferozmente para atrapar una pieza de pan y aquellos que lo lograban defendían su posesión con pico y uñas. Hubo centenares de heridos bajo la mirada risueña de gendarmes y soldados franceses, que pensaban que aquellos “rojos” eran verdaderamente unos salvajes. No se imaginaban lo que les reservaban para algo más tarde los alemanes y los italianos.

El campo se organizó militarmente y los avituallamientos llegaban regularmente aunque insuficientes. Nunca tuvimos agua potable, instalaron unas bombas manuales que traían agua del mar que se vertía en un recipiente encima de la arena de la playa; al cabo de diez días todos contrajimos la diarrea verde o disentería que manchaba mucho y apestaba. Como no había ni retretes ni tan siquiera letrinas todo el mundo defecaba al borde de la playa; a veces éramos más de 10.000 con la espalda al aire y el culo vuelto hacia el mar. Esto dio ocasión para tomar bellas fotografías del conjunto desde un avión y que se publicaron por el periódico Paris-Soir, entre otros y que sirvieron en un primer momento para mostrar a los franceses la falta de “civismo y pudor de los Rojos”. Posteriormente se instalaron tinitas y un pequeño tren que las recogía y que le llamábamos el tren de la mierda.

Después de la decepción de la derrota que acabábamos de sufrir, esta situación no podía elevarnos la moral, así que los nervios estallaban. Muchas personas se suicidaron, unos introduciéndose en las aguas del mar y otras volviéndose a España, sin imaginarse el severo castigo que les esperaba, pues una gran parte de los que volvieron a España eran eliminados por los fascistas franquistas nada más llegar, sedientos de sangre, que les esperaban para satisfacer una atroz venganza.

Yo me quedé en el campo pero para mí esta prueba fue muy dura, teniendo el cráneo atravesado por una bala cerca del ojo derecho, durante los últimos días de la Batalla del Ebro (el 10-10-38), yo me sentía muy débil y comenzaba apenas entonces mi convalecencia. Un saquito de nueces que compré en Girona me sirvió de un gran recurso y me permitió sobrevivir penosamente. Omito hablar del barrio chino o de las mil peripecias que me ocurrieron en Argeles pues me extendería demasiado…

Yo estuve en Argeles hasta que en abril supe que en Agde (Ht) se preparaba un campo para los catalanes, aunque yo había nacido en Alicante y solicité mi admisión junto a un grupo de camaradas.

En Agde había mejor organización y como yo era teniente fui instalado en una barraca para oficiales. La comida era correcta pero claramente insuficiente, sobre todo para los que como yo estábamos muy débiles y necesitábamos sobrealimentarnos. De todas maneras esta vida sedentaria no me convenía: Yo necesitaba realizar alguna actividad y sobre todo una poca libertad. Cuando me propusieron enrolarme en C. de T.E., yo no reflexioné pues tenía muchas ganas de cambiar de aires y sobre todo de comer bastante. Pero esto fue otro drama pues éramos compañeros venidos de Argeles y de España y la mitad veían con malos ojos esta decisión y se oponían fuertement; 4 de entre ellos se quedaron en Agdes y 3 partimos.

El 23 de junio de 1939 yo partí como teniente E. de la 6ª sección de la 39 compañía T.E. De las 6 compañías solo la 40ª partía con nosotros. Tomamos el tren de Agde a Niza; cuando nos trasladaron de la estación C.N.C.F. a la estación routiere en Niza fuimos insultados y casi agredidos por un grupo de fascistas españoles ayudados por franceses.

En autobús tomamos la carretera de san Martin d’Entrames A.M. un bello pueblo de montaña donde tuvimos la misión de construir la carretera que conducía a Mounard y hacer pistas para el ejército.

Los habitantes del pequeño pueblo se encerraron en sus casas, cerraron puertas y ventanas y nos prohibieron entrar en los cafés, pero pasado un tiempo, se dieron cuenta de que estaban equivocados y que nosotros no éramos los bárbaros que nos llamaban los periódicos y confraternizaron con nosotros. El cura de San Martín que dos veces por semana decía la misa en Monard no quería pasar por la carretera donde estábamos nosotros trabajando y hacía un recorrido de 13 Km. a pie, en lugar de 5 ,para no pasar entre estos terribles rojos que se comían monjas y curas. Una decena de entre nosotros fuimos a hablar con él y le dijimos que podía pasar a nuestro lado, que nadie le faltaría al respeto; este cura acabó siendo un gran amigo de muchos de nosotros, y un día nos dijo que sentía vergüenza de su comportamiento y tratarnos como enemigos, y que hubiera sido mejor si nos hubiera antes conocido. En San Martín estuvimos hasta el 12 de septiembre, diez días después de que Alemania naci, invadiera Polonia, y Francia y la Gran Bretaña le declararan la guerra. Durante la noche habiendo caído una buena nevada sobre Monard, nos vimos obligados a retirarnos al valle, donde nos metimos en un nuevo campo en Tonet S/Var, donde estuvimos algunas semanas hasta que nos llevaron a Alsacia y después a Lorena en la Línea Maginot, sector 103, continuando las fortificaciones hasta San Avol Foulquemolt, haciendo bloqueos, trincheras y railes anticarro, que desde luego no sirvieron para nada. Nada a objetar por los franceses, pues por el prestigio que nos ganamos, nos miraban con buenos ojos y muchos de nosotros nos pusimos al servicio de Francia.

Cuando el frente se rompió hacia Bélgica nos transportaron con la idea de fortificar aquel frente que estaba totalmente sin fortificar, pero los aviones alemanes cortaron los caminos y confundieron a nuestros convoyes.

Por mi parte después de sentir grandes dolores en el cráneo y una gran bajada de mi visión como consecuencia de mis heridas en la cabeza, fui enviado urgentemente al hospital de M. de Morange, el 5 de mayo. Pero debido al avance alemán y al gran número de heridos todos, heridos o enfermos válidos de este conjunto hospitalario, fuimos transportados a la retaguardia por tren, pero la aviación italiana, que no respetaba a los convoyes sanitarios de la Cruz Roja más que a los otros, nos bombardearon, y bloquearon los trenes entre Epinal y Chaumont. Estuvimos parados en plena campiña con un sol de plomo y allí esperamos diez horas para manifestarnos. Un general que comandaba los 5.000 hombres que componían el convoy, nos rogó que permaneciéramos inteligentemente en el sitio, además de depositar las armas al borde de la vía, a fin de evitar accidentes cuando llegaran los alemanes. Yo fui uno de los pocos que pidió explicaciones y de decirle al general que no obedecería sus órdenes, pues yo sabía que una vez que nos hicieran prisioneros los alemanes, no nos soltarían así como así .Me trataron de derrotista y escandaloso. El general me dijo que si yo temía tanto a los alemanes, era por que yo tenía algo que reprocharme.

Dejé el convoy acompañado por otros cuatro españoles, uno de ellos herido en una pierna al cual dejé en una casa de campo, pues no podía andar. Otros dos eran jóvenes de la región que se fueron a sus pueblos. Había centenares en los trenes cuyas casas estaban cerca pero hicieron caso al general, esperaron sabiamente a los alemanes y se pasaron cinco años en los campos de prisioneros.

Traducción de Justo Román Soriano del escrito, de puño y letra, de Juan Valdés Mataix, biarense. En recuerdo de la Guerra Mundial 1939-45 y de los refugiados españoles en Francia tras nuestra Guerra Civil. 9 de mayo del 2020 Biar.

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