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"Ministro del aire en un colegio religioso", per Antón Miralles

"Ministro del aire en un colegio religioso", per Antón Miralles Pixabay

Uno de los motes que tenía el sujeto en cuestión,con la categoría eclesiástica de "padre", era el de "ministro del aire". Tenía un par de señoras orejas que cuando pasaba veloz junto a algún calendario o papel colocado con cello en la pared, provocaba el revoloteo del mismo, como si algún planeador hubiera levantado demasiado  aire y todo lo que había a su paso, se revolvía en el aire.

 
Dichas orejas parecía que oían más de la cuenta y, más de una vez, fue protagonista de acciones muy difíciles de  calificar como propias de una persona que predicaba (cuando lo hiciera) la doctrina de la fe cristiana. Ya saben, el amor al prójimo y esas conductas que casi ninguno, o yo no recuerdo a ninguno, de los llamados  "padres" jesuítas, practicaba.
 
En cierta ocasión, la cola ante su confesonario se situaba a unos escasos tres metros para preservar la intimidad del  pecador y sus pecados, caso de que el confesor  fuera bastante duro de oído. El "ministro" tenía la posibilidad de ver entre la apertura de la cortina doble al próximo arrepentido en busca de una absolución temporal y gratuíta. Vio que el primero que iba a confesarse con él era uno de sus alumnos más odiados.
 
Sí, odiados, nadie es perfecto y el "orejas" o "ministro del aire" odiaba. Y odiaba mucho. No sé si bien, pues nunca he sido un experto en odios, y menos en odios ajenos, pero lo suyo con "Y" (matemática incógnita) era un caso más enfermizo que él nunca escondió.
 
Visto que "Y" se aprestaba a confesarse, sacó la mano entre las cortinillas y con un gesto de "no" seguido de otro de "siga adelante", dejó claro a nuestro admirado "Y" que aquél no era el día en que sus pecados iban a ser perdonados.
 
La sensación de estupor y el murmullo de todos los que vimos  el "evento" fue la previa a los comentarios jocosos de unos cuantos días.
 
Concluyo con un suceso que, hoy en día, hubiera dado con los huesos de nuestro orejudo ministro en cualquier comisaría cercana.  Dudo que el Concordato franquista hubiera librado a aquel  bárbaro de una condena en cualquier trullo. Pocas veces he visto una escena tan bochornosa.
 
Nuestra clase tenía alrededor de 45 alumnos. No había venido aún el profesor de turno ya nadie le extraña que 45 chavales de catorce años, juntos, hablen de o humano y de lo divino, asistiendo a un colegio religioso. El orejudo ministro era lo que se conocía como inspector del curso. Un profesor que además de dar clase tenía la obligación de mantener un cierto orden a la hora de llevar a los alumnos del patio a clase, en formación, evitar gritos y peleas y todo ese tipo de cosas que se le piden a una especie de "policía" escolar. 
 
Dicho esto, volvemos a la clase donde estábamos los 45 en amigable charla. Cuarenta y cinco chavales de catorce años hablan alto, aquí y en la China (donde parece que había estado nuestro orejudo ministro como misionero). 
 
De repente entró como un torbellino y se fue directo a por un tal Portillo, alumno que no era en absoluto santo de su devoción, si es que este animal rezaba a alguno.
 
Se plantó delante de Portillo, que estaba sentado en el pupitre y sin mediar palabra comenzó a dar puñetazos desde arriba hasta el cuerpo de Portillo, que se encogió y se protegió con los brazos de la tunda que le estaba cayendo. Toda la clase enmudecimos ante el espectáculo ultra-violento de un cura loco que pegaba como un orate a un pobre chaval que había hablado tanto como el resto de la clase.
 
Lo peor del caso fue que una vez harto de pegar tamaña serie de puñetazos, se sacudió las manos en el aire sobre el cuerpo dolorido de Portillo, dando a entretener que la tunda le había manchado de polvo las manos.
 
Nunca lo olvidaré. Un psicópata.
 
Antón Miralles

Anton

Bilbao, 1954. resultó ileso tras pasar más de diez años en un colegio de jesuitas, la mili obligatoria en el moro, un par de decenas de años en la banca y otro decenio en varias profesiones honestas. Deportista voluntarioso, lector epedernido, viajero netusiasta, melómano -rock setentero principalmente- y ateo gracais a Dios. Dni a parte, el único carnet que ha llevado alguna vez ha sido el de socio del Athletic Club de Bilbao. Integrante de los tristemente célebres "cinco millones", ha comenzado a escribir para labrarse un futuro próspero y recolectarse algo de "fondos" para la vejez, que está a la vuelta de estas páginas. Su único propósitos es entender, dice. Las obras maestras ya las han escrito otros.

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